Frases profundas y tristes de decepción para descargar

Por momentos sentimos que no tenemos término medio, algo absolutamente natural ya que los equilibrios, si existen, suelen ser muy precarios. Y en esa búsqueda tenemos grandes sueños, ideas amorosas primordiales que lamentablemente no se cumplen; las expectativas quedan truncas por demasiado altas o porque la realidad se determinó como lóbrega. En otras ocasiones ya no queremos soñar, apelamos a una existencia gástrica, reducida al mínimo de expresión justamente por el sinnúmero de miedos que poseemos: ya somos una decepción culminada, acabada, de cabo a rabo. Digamos que la decepción es una realidad humana total, normal, asidua, de ahí que te presentamos frases profundas y tristes al respecto para descargar. Pensar puede ser un comienzo de sanación.

Imágenes con frases sobre la decepción

Debemos convivir con la decepción, porque quizás los sueños que tengamos sean demasiado grandes, nuestras fuerzas muy pequeñas o el prójimo nos decepcione. Y justamente eso es lo valeroso del ser humano: se decepciona, acepta ese momento, reflexiona un poco y sigue adelante.

Hay gente con la que retrospectivamente aprendemos que son imposibles: son sordos que no pueden escuchar o ciegos que ya no pueden oir. No vale nada hacerle sentir lo que pasamos; no existe empatía alguna. Tal vez libren otras batallas interiores.

Alejarse no es de cobarde, por más que exista toda una filosofía del aferramiento, del insistir y persistir. Tiene su sabiduría el alejamiento, ya que indica una buena inspección de un sitio que solo acarreará amarguras.

A veces la vida se repite. Sí, no lo podemos creer; pero sucede. No sabemos si es que las coyunturas o sus protagonistas son similares; aunque el resultado es el mismo. Naturalmente, si sufrimos en la primera vez, no vamos a querer otra vez caer en el mismo pozo.

Las palabras decepcionan, porque prometen mucho más lo que acaece. Y eso sucede, en rigor de verdad, porque la palabra no tiene la última palabra, valga el retruécano: no, son los hechos quienes nos dicen cómo son las cosas.

Las decepciones son terribles porque no solo implican una caída atroz de las expectativas, sino porque muchas veces son irremediables, fuertes inexpugnables en los cuales no encontramos una mísera solución. Desesperamos, no aguantamos.

Qué paradoja: la distancia física puede alejar menos que la distancia afectiva. Y sí: el hombre decide quien sí, quién no, quién nunca; pero lo terrible es hacerlo sin fundamento y dañando a una persona.

Quizás otra buena forma de no decepcionarse tanto sea llegar a pensar que pocos actúan como nosotros ¿Pero eso no es muy egoísta? ¿No son grandilocuencias de uno? ¿No habremos decepcionado a otros? Es bueno también inspeccionar, antes de victimizarse. Nos podemos sorprender.

Las decepciones son mazados directos en el corazón, órgano simbólico por antonomasia de lo afectivo, aunque no sea tan así. Sí, sentimos que sueños, proyectos, ideas fijar con una rigidez de edificio se caen ¿Volveremos a soportar tales desmoronamientos? No lo sabemos.

A veces las decepciones, aunque sueñe extraño, son merecidas. Sabíamos, en lo profundo, que contruíamos un ser, una realidad, una tesitura que poco tenía que ver con la realidad. Quisimos que el mundo responda a nuestros designios de una manera desmesurada y poco madura. Las consecuencias son obvias.

No caer dos veces en el mismo pozo, no sobrepasar similares entuertos innúmeras veces. Sí, son todas formas de afirmar lo mismo: en la vida las decepciones nos pueden abrir los ojos. A veces las heridas son tan grandes que el quedar de las cicatrices colaboran con la memoria efímera.

¿Y se vuelve de una decepción? ¿Estamos dispuestos a dar una segunda oportunidad? En rigor de verdad, la segunda pregunta es una mistificación; antes nos tenemos que preguntar a nosotros mismos si estamos bajo esa disposición. Conócete a ti mismo, decía el oráculo de Delfos.

También es cierto que el número cambia las cosas en un gran sentido: pasan a ser irrelevantes, leves como una brisa primaveral. Me mintieron una vez, dolió profundamente; la segunda ya no será así y así sucesivamente. Es una buena forma de forjarse con el mundo rudo, una manera de volverse piedra en algunos aspectos.

Las acciones hablan de nosotros, porque son extensiones propias; dan cuenta de lo que somos. Así que en ese sentido tenemos que posee un mayor respeto por lo que le hacemos llegar al otro y las conclusiones a las que puede arribar.

Si las expectativas son altas, si la creencia era arraigada; la decepción, naturalmente, es enorme ¿Pero cómo pudo hacerlo? ¿No era diferente? ¿No era el contexto distinto? Sí, este sentimiento frustrante no solo proviene de los seres humanos, sino también de contextos que por lo menos superan la individualidad en lo estricto.

La dureza es irremediable frente a la multitud de decepciones. Si comprendemos que un aparato psíquico sano busca la felicidad o una situación más o menos hedonista, es lógico que lo que hace mal muchas veces sea repelido incluso en su simple esbozo y aunque el corolario varíe.

Idealizar a un individuo es un peligro que va de la mano con la decepción. De ahí que no se deban producir grandes trastornos, siempre y cuando podamos reparar entre la diferencia de crear un modelo y vivir un fiasco.

Pero siempre sale el sol luego de la tormenta. El decepcionado puede ser recuperado, porque siempre tenemos la fe que la vida nos va a dar algunas flamantes oportunidades. Sí, hay un cierto arrojo heroico en esa opción: creer, pese a todo, es producto de fe pura.

A veces nos percatamos que el otro hizo todo lo posible para soltarnos. No entendemos los motivos, pero lo comprendemos finalmente: la decisión ya había sido tomado. De ahí que molesten tanto las decepciones que provienen de un ser humano en exclusiva: se nos escapa, no podemos retenerlo y, con un corazón doliente, cavilaremos malas realidades antes de tiempo.

Cansancio, insensibilidad, hastío, se le puede poner la palabra que se quiera a lo doloroso repetitivo. Sin embargo, es bueno siempre tener una esperanza. El decepcionado pide a gritos que alguien lo entienda, que aunque sea por un momento sea él el que decepcione. Duele tanto ser una agente pasivo de la vida.

Habrá que desesperar, entonces. No, no se entienda por esta actitud estar alocado, desaforado, con un corazón desbocado o algo por el estilo. Desesperar es no esperar más, no disponer grandes cosas en porvenires que son lejanos y, en todo caso, emplazar la ilusión entera en lo que sí depende de nosotros. Porque lo repetimos: si vamos hacia la oscuridad, mejor que sea por voluntad propia.

Y será cuestión de hallar, de algún modo, culpables o, mejor dicho, encontrarnos culpables. Es muy típico del decepcionado quedarse con momentos en donde supuestamente él tendría algo que ver. Sí, nos ilusionamos, pusimos en coyunturas lo que no existía. Sin embargo, debemos tener cuidado con ese accionar: a veces todo tiene punto de referencia en el otro y caímos en el pozo de igual modo.

El tiempo ayuda a romper esos miedos. Suele decirse que la temporalidad es el mejor remedio para tales cuestiones, para la cura de heridas dolorosas. Y no es un error pensarlo así: el corazón da la primera estocada; aquel realiza el resto.

Vivamos con las decepciones y tratemos de superarlas en cada instante.

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